sábado

TrUBiA- PuErTo De mArAbIO II

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Dormir sin esterilla es un poco incómodo, pero no podía permitirme cargar con tanto bulto ésta vez.
Pude contemplar Ubiña la grande: esa Gran Mole Asturiana; en la cual viví, una de las experiencias más intensas de todas mis aventuras por las montañas, también lucía el sol sobre Ubiña la pequeña, Ferreirúa, los montes de Somiedo, Sobia, Gradura, si me giraba hacia atrás: Caldoveiro.
Contemplarlo todo tranquilamente hasta que empezase a oscurece, pues allí iba a pasar la noche.

Mi cuerpo y mi alma me pedían dormir en el monte hacía un tiempo. Es una necesidad que me invade, de cuando en cuando, sin poder y sin querer evitarla.


Arriba en el Puerto de Marabio estaba frío, y en cuanto la noche se hizo presente, todo el monte se humedeció.
Planté la tienda un poco apartada de la carretera, en una pequeña explanada cercana al mirador. Desde ese punto, las vistas son espectaculares y para mí, particularmente emotivas.


Me río de mi misma. Cené tan solo siete tortellini de espinacas, sí, sí, siete. Y todo porque el agua que eché primeramente, la derramé de un tropezón con el infernillo. Así que tuve que calentar el agua restante que guardaba para el desayuno, poquito, en fin, lo justo para eso, siete tortellinis. Ajajá. Cosas que se quedan en el recuerdo como anécdotas divertidas, pues yo lo veo así, es vivir la aventura,a tope.
La noche fue espectacular. El cielo cuajado de estrellas, despejado, las dos veces que desperté, me pasé unos buenos ratos, mirando el enigmático Universo. La luna se alzaba iluminando todo en derredor, dibujando las siluetas de las montañas…


Cerré bien el saco, pero dejé la tienda abierta de par en par. No quise perderme nada, de lo que allí arriba se mueve y mi vista alcanzaba ver.


Sobre las siete de la mañana del domingo comencé a recoger todo, me encontré un par de azucarillos que disiparon un poco mi hambre. Pronto estará abajo, en nuestra casita de Teverga, donde me esperaba Fer para ir a desayunar al Aladino unos pinchos de tortilla de patata y un cafetazo.
De regreso, vine ligera de equipaje, lo justo por si pinchaba, pues Fer insistió en que él, le pediría a Floro traerme la mochilaza a casa.


Bonita mañana de domingo, y además gran fortuna al poder, ver a Tola, una de las dos osas de la senda.
No se los kilómetros que anduve, aunque estrenaba computadora para medirlos, pero bueno esa es otra historia…

He de decir, que siempre que acampo en algún lugar, cuando me voy de allí, me aseguro que no quede ningún desperdicio. Es decir nada absolutamente. Me espanta cuando veo lo que algunas personas tiran sin ningún pudor.
Cuidemos nuestro entorno, cuidemos la tierra madre.

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